Los seres humanos, por “H” o por “B”, tenemos biorritmos distintos. Y sí, hay días en los que nos sentimos tristes, aunque no haya un motivo aparente. Ese frío vacío existencial puede hacer que tengamos ganas de llorar o que nos sintamos vulnerables. Este texto quiere reflexionar sobre la tristeza y sobre las estrategias para afrontarla.

 

La tristeza es una emoción natural y no hay por qué patologizarla

 

En primer lugar, conviene recordar que la tristeza es una de las emociones consideradas básicas. Por lo tanto, no ha de extrañar que no estemos siempre bailando como unas castañuelas; eso es algo poco real.

 

Dicho esto, y más allá de las convenciones sociales, permitirse estar triste no es malo, siempre que no sea una actitud crónica. El único momento en el que quizás tendrías que pedir ayuda es cuando ves que estás mal la mayor parte del tiempo.

 

El problema está, sin embargo, en que intentamos ocultar nuestras emociones y, lo que es peor, reprimirlas. Esto hace que carguemos con un estrés mayor del que, en puridad, nos correspondería. Hay algunos motivos que hacen que nos reprimamos:

 

1.      No mostrar debilidad

 

Este es uno de los motivos sensibles por los que no llorar. La sociedad considera que exteriorizar tristeza es una muestra de debilidad y, en algunos casos, incluso de mal gusto. Hay muchas personas que desearían fluir, pero no lo hacen porque hay una serie de códigos que nos obligan a estar impasibles.

 

2.      Considerar que llorar está mal

 

Esta situación no tiene por qué estar directamente relacionada con la debilidad o, mejor dicho, es posible que la persona no lo identifique como tal. Hay quien no desea caer en la conmiseración, de manera que evita el llanto, aun en privado. Eso es bueno como actitud vital, pero tienes derecho a llorar.

 

3.      No dar importancia

 

Uno de los errores es minusvalorar los sentimientos de tristeza. Como suelen ser puntuales, se intenta pensar que no es importante. El problema, sin embargo, está en que esta energía queda ahí y si, no se canaliza en su momento, es posible que salga con violencia en el futuro.

 

4.      El miedo a desbordarse

 

Este es el caso menos habitual, pero también se da. En las personas muy rígidas, puede haber el miedo de “no controlar la situación”. Por lo tanto, y si se dan estas situaciones, te convendrá darle una vuelta.

 

La mejor pauta que podemos dar a una persona es que viva su tristeza con naturalidad. Quizás no te guste hacerlo delante de otras personas, pero sí puedes llorar en privado o cuando estés en la intimidad. Esto, a la larga, es más sano.

 

Conclusión

 

La tristeza es una parte de nosotros que no tenemos por qué obviar. Al fin y al cabo, el ideal al que tenemos que aspirar es el de equilibrio personal. Solo así conseguiremos que los momentos complicados o depresivos sean los menos.

 

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